El voluntarismo de la política logró teñir a los números de ambigüedad. Cifras "reaccionarias" de un gobierno "progresista".
 “Porque las retenciones no son medidas fiscales, son profundas medidas redistributivas del ingreso. Escucho y leo muchas veces a periodistas que por allí tienen un marcado tinte progresista, encarar el tema de las retenciones desde una percepción únicamente fiscal. Pero a ver, ¿qué es la distribución del ingreso? ¿Cómo se hace la distribución del ingreso si no es, precisamente, sobre aquellos sectores que tienen rentas extraordinarias?, ¿si no de qué ejercicio me están hablando en materia de distribución del ingreso, a quién le vamos a pedir, a los países fronterizos, a quién, qué es la distribución del ingreso? Algo que siempre se declama, algo que siempre se dice pero que muy pocas veces se cumple, ¿por qué?, porque hay que tocar intereses que muchas veces son muy poderosos y que cuestan.” Cristina K, 25 de marzo de 2008. A la hora de comparar, la política argentina no ha salido de su estado Boca-River: –¿Y? ¿Éstos roban más o menos que los radicales? –preguntaban en la calle al comienzo del gobierno menemista. –Che, decime, ¿y éstos son peores que los de Carlitos? –escuché mil veces en los últimos años. La política reducida a una especie de final de campeonato en el que los jugadores meten la mano en la lata. Curioso imaginario de gestión: un torneo en el que robar resulta ineludible y lo que se discute es el monto el modus operandi. Robar, de eso se trata el juego a la hora de comparar. Evito, desde siempre, responder quién tiene la mano más larga: me parece que no es el punto, y lo importante es que se siga robando y no discutir quién lo hace con mayor habilidad. Y aunque llegáramos a una cifra final: ¿el público creería en ella? En los últimos años el voluntarismo de la política logró teñir a los números de ambigüedad. De otro modo, es imposible pensar en al menos dos índices de precios: ¿podría, a la vez, hacer calor y frío? Importan, como señala Cristina, el “relato” del calor y el “relato” del frío. Los indicadores que siguen son, en todos los casos, oficiales: son los números “reaccionarios” de un gobierno “progresista”. Tienen calor y frío a la vez. NÚMEROS. • El 10% más rico de los argentinos gana 30 veces más que el 10% más pobre, según la última medición oficial disponible, de diciembre de 2007. Algo positivo: es nueve puntos menos que en 2003, después de la devaluación. Algo negativo: la brecha era menor durante el menemismo. El 29. –Para los que están en la parte más elevada de la pirámide, la renta se distribuye en $2.201 por mes, reciben el 35,2% total de los ingresos. Los que están en la lona se sostienen con $73 por mes, el 1,2% de la torta. Eso es lo que le toca a cada miembro de un hogar por el dinero que se distribuye en el núcleo familiar. • El coeficiente Gini, que mide el nivel de desigualdad existente en una sociedad, señala más injusticia a medida que se acerca al número 1, y mayor equidad cuando se acerca al número 0. Hoy es de 0,49, casi tan grande como durante la segunda mitad de la década del noventa. “La desigualdad –le dijo Leonardo Gasparini, director del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS) de la Universidad Nacional de La Plata a Crítica de la Argentina– cayó sólo lo suficiente para recobrar lo perdido durante la crisis, pero no más. Esto el Gobierno lo sabe y prefiere comunicar los logros más evidentes en términos de producto y de empleo.” • Un trabajo titulado Crecimiento y Distribución 2003-2007, publicado por el Instituto de Estudios y Formación de la CTA, analiza cómo se distribuyó el crecimiento de los últimos cinco años. Allí Claudio Lozano, Ana Rameri y Tomás Raffo afirman que “el 40% de la población con ingresos más bajos se apropió sólo del 12,8% de los ingresos generados. Dicho de otro modo: de cada 100 pesos generados por el proceso de crecimiento económico, el 30% más rico se apropió de 62,5% y el 37,5% restante fue repartido por el 70% de la población”. • Si se lo analiza desde la denominada “distribución funcional del ingreso”, que indica cuánto de lo producido por la economía va a los trabajadores, la participación de los asalariados ni siquiera ha vuelto a la de 2002. Era, según la Dirección de Cuentas Nacionales del INDEC, del 44,7% en 1993, bajó al 34,6% en 2002 y es actualmente del 41,3%. DISTRIBUCIÓN. “El gasto social es distributivo –comentó a Crítica de la Argentina Gasparini, director del CEDLAS– Siempre hay políticas para redistribuir ingresos, aun en gobiernos no progresistas. En gran parte el actual gobierno mantuvo políticas redistributivas iniciadas en la gestión de Duhalde (las retenciones al agro, los planes Jefas y Jefes) o basadas en un excedente fiscal (el aumento de gasto público social). Hablando de políticas propias puede mencionarse el aumento del salario mínimo y un mayor apoyo a las negociaciones salariales.” Javier Lindemboim, director del Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo (CEPED) de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA e investigador del CONICET, coincide en el enfoque anterior sobre las retenciones, y recuerda la polémica sobre las retenciones petroleras en febrero de 2002, en la que los gobernadores de Neuquén y Santa Cruz se opusieron a su cobro. El de Santa Cruz era Néstor Kirchner. “Una de las razones por las que la participación del salario en el ingreso total está tan deprimida es la alta incidencia del trabajo en negro”, explica Lindemboim. “Al comienzo de los setenta era, en cifras redondas, del 10%; al empezar los ochenta, del 20%, y al caer De la Rúa, del 40%. Ahora se ha vuelto a esos indicadores.” Para el Banco Mundial, la acción del Estado para corregir la inequidad social arroja pocos resultados. En Fiscal Redistribution and Income Inequality in Latin America, Edwin Goñi, Humberto López y Luis Serven sostienen que “la intervención estatal a través del cobro de impuestos y la transferencia directa de recursos con los planes sociales y subsidios no alcanzan a bajar la desigualdad” en nuestros países, por oposición a lo que sucede en Europa. Llegan a esa conclusión analizando cuál es el coeficiente de Gini antes y después de aplicar las políticas de Estado. En Argentina los resultados dieron un valor de 0,50 previo a la acción del Estado y de 0,48 después. Tomando como muestra el promedio de 15 países de Europa el coeficiente cayó de 0,46 a 0,31, lo que significa que si no aplicaran esas políticas de transferencias estatales de recursos, muchos de esos países podrían tener niveles de inequidad similares a los de América Latina. IMPUESTOS. Los argentinos pagamos, hoy, más impuestos que en 2001: entonces la presión tributaria era del 20,94% del PBI, hoy es del 29,16%. La recaudación promedio es una de las más altas de América Latina (20%) pero inferior a la de Brasil, que llega al 35%. En los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) –son todos los europeos, Japón, USA, Corea y Finlandia (entre otros)–, el promedio es de 36 por ciento. Argentina mantiene su originalidad esencial, el esquema impositivo es regresivo: castiga al consumo y consagra las ganancias. Para decirlo de otro modo: el Estado afecta más a los pobres que a los ricos. Entre los gravámenes al consumo de bienes y servicios está el IVA e Ingresos Brutos, donde el más pobres y el más rico pagan 21%. Algo similar sucede con los que se aplican a consumos específicos (nafta, gas oil, etc.) o impuestos (telefonía, seguros, etc.). En los gravámenes a las rentas hay excepciones increíbles: si alguien gana en la Bolsa 100 pesos o 1.000 millones, no paga nada en ningún caso. Tampoco se tributa por la transferencia de acciones en el caso de venta de una empresa. Así las cosas, el IVA representa el 47% del total de la recaudación y el impuesto a las ganancias el 23%. En los países de la OCDE es al revés: el IVA representa el 18% y ganancias supera el 36%. En Canadá, los impuestos a la renta son el 48,5% de la recaudación y 24,7% los que se aplican al consumo. En el Reino Unido, 38,4% a la renta y 32,6% al consumo, y en Suiza, 37,8% a la renta y 18,2 al consumo. ¿DEUDA? ¿QUÉ DEUDA? Y este cúmulo de buenas intenciones no estaría completo si no mencionáramos, aunque sea al pasar, a la deuda externa. Argentina debe, peso más peso menos, u$s129.796.589.407,18 (ciento veintinueve mil setecientos noventa y seis millones quinientos ochenta y nueve mil cuatrocientos siete pesos con 18 centavos de dólar). ¿Que la habíamos pagado? No insista con eso: en aquel momento Clarín tituló que se pagó la deuda externa, pero era sólo la del Fondo Monetario, y Clarín y el Gobierno vivían un romance que luego colapsó y después renació y ahora renació otra vez cuando ya no quedan carteles, y Clarín ni miente ni contamina, don Héctor J (Cámpora). Lo que en aquel momento fue presentado por el Grupo K, el Grupo C y CK era, cómo decirlo, una visión un poco parcial del problema: sólo se pagaron unos diez mil millones de dólares a unos señores torvos y malos del Fondo Monetario, pero los que quedaron con los restantes cien mil millones de entonces no era ni torvos ni malos ni querrían ni querrán condicionarnos. Lo interesante de estos pagos fue revelado en Clarín por Ismael Bermúdez a la hora de explicar por qué creció la deuda en 2007: subió u$s12.798.426.872,12 (doce mil millones de dólares) en un año. Una cifra equivalente a la de toda la deuda que se mantenía con el Fondo. Pero en un solo año. Los intereses nos están matando: en este momento pocos se animan a prestarle a Argentina, e incluso gobiernos amigos, como el de Hugo Chávez, acaban de comprar 1.400 millones de dólares en bonos a una tasa del 13% anual en dólares, similar a las pagadas por el Gobierno en 2001. La deuda, aun habiendo sido pagada en un 10% de su total, es hoy mayor que en 2001, aproximadamente un 56% del PBI. Los pagos de intereses representarán el 11,90% del presupuesto nacional 2008, casi cinco veces el dinero destinado a promoción y asistencia social. INVESTIGACION: J L / LUCIANA GEUNA/ JESICA BOSSI |